Editorial
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"El ruido del hemiciclo y el silencio de la calle"
La distancia que separa las preocupaciones del Congreso de los Diputados de la realidad de la calle se mide hoy en años luz. Quien sintonice una sesión de control en el Parlamento español sin conocer el contexto del país podría llegar a pensar que la mayor urgencia de los ciudadanos es el último cruce de reproches judiciales entre partidos o la penúltima frase lapidaria diseñada exclusivamente para convertirse en un clip de redes sociales. La política institucional en España se ha transformado en un espectáculo de trincheras donde la crispación ya no es una consecuencia del debate, sino la estrategia misma. El problema es que, mientras los portavoces parlamentarios se esmeran en subir el tono, la ciudadanía empieza a desconectar por puro agotamiento.
Esta polarización de manual, importada y alimentada en los laboratorios de comunicación de los grandes partidos, está provocando una peligrosa desafección. La sensación generalizada es que el debate público se ha vuelto endogámico. Se habla de la política para la política, mientras los problemas estructurales del ciudadano de a pie —el colapso de la atención primaria, la precariedad laboral, las dificultades de las pymes o la falta de un horizonte claro para los jóvenes— quedan relegados a un plano secundario. La judicialización de la vida pública y la teatralización del insulto solo consiguen que la política parezca un club cerrado donde las reglas del juego consisten en desgastar al rival a cualquier precio, sin importar el coste social.
Reducir la gobernabilidad a una guerra de desgaste permanente es un error de cálculo histórico. El cansancio no es pasivo; se traduce en una pérdida de legitimidad de las propias instituciones. Cuando los ciudadanos perciben que quienes deben gestionar sus recursos dedican la mayor parte de su tiempo a la gresca y al tacticismo electoral, el contrato social se agrieta. España necesita con urgencia políticos que pisen la calle, que abandonen el manual de la provocación y que recuperen la capacidad de llegar a acuerdos mínimos en asuntos de Estado. Si la única oferta de la clase política sigue siendo el ruido y la trinchera, no deberían sorprenderse cuando las urnas reflejen el silencio de una sociedad que, sencillamente, ha dejado de escucharles.
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