Cuando Tener Trabajo Ya No Significa Vivir Con Dignidad

Cuando Tener Trabajo Ya No Significa Vivir Con Dignidad

Hay una cifra que debería hacernos detenernos antes de celebrar cualquier dato económico: casi 300 millones de personas con empleo siguen viviendo en condiciones de pobreza extrema. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima además que 2.100 millones de trabajadores —una parte enorme de la fuerza laboral mundial— permanecen en el empleo informal, sin muchas de las protecciones que asociamos normalmente con un trabajo digno. El desempleo mundial, por sí solo, cuenta solamente una parte de esta historia: para 2026 la OIT proyecta una tasa mundial de desempleo del 4,9 %, pero también calcula una brecha mundial de empleo de 408 millones de personas que desean trabajar y no consiguen acceder a un empleo remunerado.

Detrás de cada porcentaje hay una persona. Hay una madre que termina su jornada y todavía calcula si puede pagar el alquiler; un joven que posee un título universitario pero encadena trabajos temporales; un trabajador que pasa diez o doce horas fuera de casa y descubre, al final del mes, que sus ingresos apenas cubren alimentación, transporte y vivienda. No siempre hablamos de personas que carecen de empleo. A menudo hablamos de personas que trabajan y, sin embargo, no consiguen construir seguridad para sus familias. La OIT calcula que en 2025 unos 284 millones de trabajadores, el 7,9 % de todos los ocupados del mundo, vivían en pobreza extrema según su medición internacional. En África subsahariana y en los países menos adelantados, alrededor del 40 % de los trabajadores seguían siendo trabajadores pobres.

La paradoja se vuelve todavía más evidente cuando miramos el mundo en su conjunto. El Banco Mundial estima que 847 millones de personas vivían en pobreza extrema en 2024, equivalentes al 10,4 % de la población mundial, según su actualización de marzo de 2026. Sus estimaciones actuales proyectan una reducción hasta aproximadamente el 10,0 % en 2026, aunque advierte que estas proyecciones se basan en información económica disponible a comienzos de año y no incorporan acontecimientos posteriores. Esto significa que la humanidad puede producir más, comerciar más y disponer de tecnologías extraordinarias, mientras cientos de millones de personas continúan enfrentándose cada mañana a una pregunta mucho más elemental: ¿cómo llego a fin de mes?

También está cambiando la propia estructura de nuestras sociedades. Naciones Unidas señala que la población mundial alcanzó los 8.000 millones en noviembre de 2022 y que pasó de 7.000 a 8.000 millones en apenas doce años. La organización proyecta que llegará a unos 9.000 millones hacia 2037 y aproximadamente 10.300 millones a mediados de la década de 2080. Al mismo tiempo, la fecundidad mundial ha descendido hasta alrededor de 2,3 hijos por mujer en 2024, mientras la esperanza de vida mundial alcanzó 73,3 años. Estas cifras describen algo profundamente humano: estamos viviendo más tiempo, las familias son diferentes y millones de jóvenes entran cada año en mercados laborales que no siempre crean oportunidades de calidad a la misma velocidad.

Por eso, la conversación sobre crecimiento económico no debería terminar cuando aparece una cifra positiva del PIB. La pregunta siguiente debería ser: ¿qué está cambiando en la vida cotidiana de las personas? Si aumenta la productividad pero el trabajador no obtiene una participación proporcional de ese progreso; si una economía genera empleo pero gran parte de ese empleo permanece informal; si un joven estudia durante años y después no encuentra una ocupación estable; o si una familia trabaja más horas únicamente para mantener el mismo nivel de vida, entonces las estadísticas económicas necesitan ser leídas junto a las estadísticas sociales. La propia OIT señala que, entre 2014 y 2024, la producción mundial por trabajador aumentó un 17,9 %, mientras que la participación del trabajo en el ingreso mundial descendió del 53,0 % al 52,4 %. Según su estimación, si aquella participación hubiera permanecido en el nivel de 2014, los ingresos laborales mundiales habrían sido aproximadamente 1 billón de dólares superiores en 2024, unos 290 dólares adicionales por trabajador, de media.

El verdadero desafío de esta década no consiste únicamente en crear más puestos de trabajo, sino en conseguir que el trabajo permita vivir con dignidad. Una economía puede presumir de millones de nuevos empleos; una sociedad, sin embargo, debe preguntarse cuántos de esos empleos permiten formar una familia, acceder a una vivienda, recibir atención sanitaria, protegerse frente a una enfermedad y mirar el futuro sin miedo. Detrás de cada dato económico hay una vida humana. Y cuando olvidamos a la persona que existe detrás del porcentaje, corremos el riesgo de confundir crecimiento con progreso.

El dato más importante de la economía mundial quizá ya no sea únicamente cuántos empleos se crean, sino 

qué calidad tienen, cuánto protegen al trabajador y hasta qué punto convierten el crecimiento económico en seguridad y oportunidades reales para las personas.

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